Milagros del cotidiano

Todo pasaje conocido corre un riesgo

Por lo general, cuando leemos un pasaje bíblico por primera vez, o escuchamos una primera predicación sobre él, formamos una idea al respecto. Y, como suele suceder, la primera impresión termina quedándose. Todos desarrollamos una manera de interpretar ciertos textos de las Escrituras. Quizás, más tarde, volvamos a ellos para sacar otras lecciones. Pero, una vez que llegamos a una conclusión, es muy difícil ver el mismo pasaje de otra manera.

¿Qué es lo que normalmente cambia esa mirada? A veces, una experiencia de vida. A veces, el tiempo. Otras veces, nuevos aprendizajes. Pero, sobre todo, la disposición de seguir buscando, sin conformarse con la primera lectura. La primera lectura es solo la antesala de un banquete mucho mayor.

Quizás sea justamente eso lo que nos falta. Somos criaturas de hábito. Y el hábito, cuando llega a la Biblia, puede impedirnos ver nuevas tonalidades del mismo texto.

Uno de esos pasajes es el inicio de Juan 6.

Es un texto tan conocido como la parábola del hijo pródigo o la crucifixión de Jesús. Y, casi siempre, terminamos en la misma conclusión: “Entregale a Jesús lo poco que tenés”.

Esa conclusión no está equivocada. Al contrario, hace justicia al texto.

El problema es que, cuando llegamos demasiado rápido a la conclusión, dejamos de apreciar el paisaje.

¿Por qué creer en esta historia?

El relato de la alimentación de la multitud aparece en los cuatro Evangelios. Eso, por sí solo, ya llama la atención. Al fin y al cabo, Juan es bastante diferente de los otros tres evangelistas. Mateo, Marcos y Lucas son llamados sinópticos porque siguen una estructura muy similar. Juan escribe de otra manera.

Y él explica por qué.

Al final de su Evangelio, afirma que Jesús realizó muchos otros signos que no fueron registrados, “pero estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre”.

Nada allí es ocasional.

Juan elige cuidadosamente los acontecimientos que narra. Y no es por casualidad que coloca la multiplicación de los panes antes del gran discurso sobre Jesús como el Pan de Vida.

Además, los Evangelios fueron escritos cuando aún había muchas testigos vivos de esos acontecimientos. Treinta años habían pasado desde la muerte y resurrección de Cristo. Era tiempo suficiente para que los apóstoles percibieran la necesidad de registrar por escrito aquello que la Iglesia anunciaba desde el principio, pero aún había gente capaz de confirmar o negar esos hechos.

O esta historia ocurrió, o sería una mentira monumental.

No hay mucho espacio entre una cosa y otra.

Y una comunidad que estaba dispuesta a morir por aquello que anunciaba difícilmente construiría su mensaje sobre una fábula tan fácilmente desmentida.

Partiendo, entonces, del supuesto de que estamos ante un hecho verdadero, vale la pena observar algunos detalles.

¿Quién preparó ese almuerzo?

Jesús enseñaba a una multitud enorme.

Hablar al aire libre para cinco mil personas ya sería, por sí solo, un desafío extraordinario. Era necesario mantener la atención, hacer que el mensaje llegara a los que estaban más lejos, no perder el hilo de la conversación.

Pero llega un momento en que surge una preocupación muy simple.

¿Quién va a alimentar a esta gente?

Jesús llama a Felipe y le pregunta dónde podrían comprar pan para tanta gente. El propio texto explica que Jesús hacía esto para probarlo, pues sabía muy bien lo que iba a hacer.

Las pruebas siempre son más para nosotros que para Dios. No sirven para probar nuestra fidelidad a Él. Sirven para revelarnos a nosotros mismos quiénes realmente somos.

Felipe mira la situación y responde de la manera más honesta posible. Ni doscientos denarios —prácticamente el salario de doscientos días de trabajo— serían suficientes para que cada persona recibiera un pequeño pedazo de pan.

Entonces aparece Andrés.

Y hace exactamente lo que ya había hecho en el primer capítulo del Evangelio. Allí, encuentra a su hermano Simón y lo lleva hasta Jesús. Ahora encuentra a un niño y hace lo mismo.

“Aquí está un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces…”

Juan es el único evangelista que cuenta esto.

Es el único que dice que los panes eran de cebada.

Es el único que menciona al niño.

Y esto despierta una serie de preguntas.

¿Quién preparó ese almuerzo?

¿La madre?

¿El propio niño?

¿Quién pensó que pasaría el día fuera y necesitaría llevar comida?

La cebada era el pan del pueblo simple. No de la miseria absoluta, sino de la mesa cotidiana de los trabajadores. Y esos peces probablemente eran pequeños peces salados, usados más como acompañamiento que como alimento principal.

Era una vianda común.

Nada extraordinario.

Y quizás sea justamente ahí donde reside lo extraordinario.

El Dios que sigue creando

Nosotros solemos esperar que Dios intervenga suspendiendo las leyes de la naturaleza.

Pero este signo comienza justamente con la naturaleza funcionando perfectamente.

Hubo lluvia.

Hubo tierra.

Hubo siembra.

Hubo cosecha.

Alguien molió la cebada.

Alguien horneó el pan.

Alguien pescó esos peces.

Alguien preparó ese almuerzo.

Y solo después Jesús lo tomó en sus manos.

Juan llama a estos acontecimientos señales.

Y una señal siempre apunta a algo mayor.

Quizás esta apunte justamente al hecho de que Dios no ha desistido de su creación.

Vivimos rodeados de una espiritualidad que parece desear escapar del mundo. Como si la creación fuera solo un lugar provisional del cual el alma necesita huir.

El Evangelio apunta en la dirección contraria.

El Verbo se hizo carne.

Dios entró en la creación.

Y, ante aquella multitud, eligió realizar una señal utilizando exactamente aquello que la propia creación había producido y que manos humanas habían preparado.

El Reino no comienza destruyendo el mundo.

Comienza restaurándolo.

Por eso, quizás la gran lección de este texto no sea solo entregar a Jesús lo poco que tenemos en las manos.

Quizás sea aprender a mirar el cotidiano con otros ojos.

Porque Dios sigue haciendo lo extraordinario a partir de lo ordinario.

Cinco panes de cebada.

Dos peces.

Un niño anónimo.

Una familia que jamás imaginó que el almuerzo preparado esa mañana formaría parte de la historia de la redención.

Quizás sea justamente así que Dios sigue trabajando.

Y quizás nosotros estemos buscando sus milagros en el lugar equivocado.

Acerca de Esteban D. Dortta

Esteban es pastor evangélico. Cursó teologia en el Seminário Teológico Bautista del Uruguay entre 1991 y 1994. Nacido en 1971, vive en Brasil desde 1995. Entiende que las libertades de pensamiento, expresión y reunião son esenciales al desarrollo no apenas cristiano mas de la sociedad completa.

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